Alice en mi
El silencio entumecía la lengua y se apoderaba de las palabras. Busqué, con una taza de café, calmar su irritación por la clase de vida que llevaba desde que decidí enamorarla. Se sentía culpable por amar a un librepensador y aventurero: esas fueron las cualidades que de niña la atrajeron a mí. Pero, con el tiempo, su cuerpo y su mente sufrieron una clase de metamorfosis: ya no era la misma ninfa que añoraba escuchar mis relatos y cuentos. Ni siquiera las composiciones musicales que le dedicaba. Todo empezó en mi primer año como maestro de literatura. Mi primer encuentro con Alice no fue en un salón de clases: Iba ensimismado, viendo pasar los atrevidos descotes de las chicas. Empujé la puerta, pero mi dispersión me condujo al cuarto de aseo donde una escena atrajo mi atención: Era ella, desenfrenada, aferrándose apasionadamente a él. En la espesa atmósfera solo existían ellos dos. Inesperadamente Alice, con un suave movimiento de cabeza, abrió sus ojos y al encontrarse con los míos, con todo el impulso, empujó a su amante contra las repisas, tomó sus libros y salió despavorida de allí. Ya en el salón de clases hice lo habitual y al finalizar mi cátedra estaba ella ahí. Se acercó discretamente y, con molestia, me preguntó susurrando “¿por qué arruinó mi momento?”. Pasaron semanas en las que sus furiosos ojos quemaban los míos. De vez en cuando encontraba la oportunidad de observarla sin que lo notase. Su belleza me dejaba atónito: Era la forma de correr las hebras de cabello que caían a su boca incomodándola al hablar; o la nuca de ámbar que se rascaba sonsamente en los parciales. Podría describir un sinfín de perspectivas que grabé en mi memoria. Al terminar el semestre, en el parcial final, entré muy puntual al aula, pasé la prueba a todos. Anexa a la de Alice, dejé una nota con el nombre de un restaurante, una dirección y una hora. Ella fue la última en acercarse a mi escritorio, me pasó la cartilla de la prueba cerrada, sonrió y se llevó la hoja de la cita en una mano, sacudiéndola con el vaivén del taconeo. Abrí su cartilla, observé sorprendido que todo estaba en blanco: ni el rastro de grafito y borrador. Con molestia busqué un lápiz y contesté todas las preguntas en un abrir y cerrar de ojos. Llegué al restaurante a la hora pactada, me instalé en la mesa reservada. Por enésima vez observé la hora en mi reloj. Levanté la mirada y allí estaba ella, mas esplendida y luminosa que nunca. El vestido blanco enmarcaba su curvatura de una manera inexplicable; su boca roja, jugosa, era una alucinación para cualquiera. Cenamos: De plato fuerte frenesí, de postre arrebato. El vino y la sensación de estar juntos nos embriagaron por completo. Salimos, nos sentamos en una silla de concreto, con los dedos entumecidos por el frío. Mi casa quedaba a unas cuadras de allí, por lo que decidimos que ella pasaría la noche en el cuarto de huéspedes. En aquella silla parecíamos un nudo de brazos y aliento, nuestros cuerpos, en su silencio, relataban anécdotas, aventuras. Nos veíamos cada semana y poco a poco las cosas, para mí, se volvieron más puntuales, más formales, más delicadas. Se había incorporado a mi alma, a mi sangre, como una adictiva droga. A veces hablábamos de los dos y ella con su voz entrecortada me exponía: ‘’Los pactos son imponentes y pavorosos yugos y todo lo que se ata tiene un mal final. ‘’ Esa idea no le duró mucho porque terminó hundida en mi pecho uniendo lazos con palabras. Pasamos algunos años así hasta que decidimos vivir juntos. Yo vivía del arte, de la escritura, de las clases que daba de vez en cuando. No me interesaba esclavizarme a una compañía. En un principio trató de convencerme a mimos y besos, me decía “¿quieres algo puntual conmigo cariño? Entonces búscate un trabajo estable y se responsable contigo”. Las rutinarias peleas y discusiones iban incrementando y empezó mi deterioro espiritual: no podía vivir con su indiferencia y no estaba dispuesto a terminar con mi estilo de vida. Tomaba vino en las noches y a la hora de dormir, ella, simplemente con un tosco gesto, me enviaba a pasar mi borrachera al sofá. A veces se despegaba de mi calor con pretextos: ‘’Iré a tomar café, ya regreso’’, nunca volvía, pero yo alcanzaba a escuchar sus sollozos por los pasillos. Decidí que alguno de los dos debía partir. Su pasión y amor por mí y por la vida se habían extinguido. Empaqué sus pertenencias y recogí la desidia que por años habíamos amontonado. Cerca a las 9 pm llegó: su rostro aún seguía siendo hermoso. La esperaba como en la primera cita, ansioso, observando como loco el reloj. Al entrar en la habitación le extendí mis brazos y ella sin pensarlo se lanzo a mí, invadiendo mi cuerpo. Mientras nos quitábamos la ropa sentimos nuestros corazones más y más ausentes hasta sentir un inexplicable vacío. Hicimos el amor como dos adolescentes a punto de estallar, sus ojos parecían dos nubes negras que emanaban lluvia sin cesar cayendo al mismísimo vacío. Se acurruco en mis brazos, como en un principio, observamos nuestros cuerpos y en la desnudez descubrimos lo viejos que se habían vuelto. Ella cerró sus ojos y con un intenso ardor la besé y en cuestión de un suspiro le arrebaté su último aliento. Su alma se adhirió a la mía y sentí cómo, después de ser dos seres completamente aislados, desterrados y disueltos, nos convertíamos en un nudo perfecto sin más pliegues que el mismo amor. Me acurruque en su cuerpo y cuando la sentí fría y blanca me levanté, tomé mi abrigo, boina, guantes y bufanda, llevándome como única pertenecía el alma de Alice. Ese lapso, junto a ella, es solo la historia que llevo en lo más recóndito de mí ser.
Sarah Reachele Umaña García


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